2026-04-16

La inteligencia no humana y el empleo, perspectiva general y para México

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El mercado laboral está en la puerta de una gran transformación.

La transformación anterior de amplitud similar fue la sustitución de trabajo humano por motores, primero por motores que utilizaban carbón, después diésel y otros carburantes más ligeros.

Durante milenios, la principal contribución humana a la producción fue la fuerza física. Un ser humano realizando una actividad física vigorosa puede sostener una producción de trabajo de alrededor de 100 vatios-hora. En contraste, un litro de gasolina contiene aproximadamente 9,700 vatios-hora de energía potencial. Si esta energía se transforma en trabajo útil mediante un motor con un 30% de eficiencia, un solo litro de gasolina equivale a casi 30 horas de esfuerzo humano continuo (aproximadamente tres días de trabajo). Después del motor, para que el trabajo manual fuera competitivo frente a la máquina en ese tipo de tareas, tres días de salario tendrían que costar menos que un litro de combustible.

El uso de los motores, impulsado por el petróleo y sus derivados (el principal insumo productivo contemporáneo), creó una era de abundancia, pero también un desplazamiento masivo de la actividad humana. Desde la sustitución de mano de obra en la producción textil hasta la gran migración del campo a las ciudades, la experiencia de vida de la humanidad pasó de ser principalmente rural a ser principalmente urbana.

Lo que ocurrió fue una comoditización del esfuerzo físico, el principal insumo humano a la producción de la época. El día de hoy el principal insumo humano para la producción —especialmente en naciones ricas, donde el sector terciario es el más importante— es la inteligencia. El valor de mercado de la inteligencia, su distribución relativamente independiente de la condición social, es uno de los grandes mecanismos redistributivos de la riqueza.

El proceso que se encuentra en puerta es la rápida disminución del costo de la inteligencia y su disponibilidad inmediata. La capacidad de adquirirla más como se adquiere agua corriente en un hogar que como el complejo proceso actual de contratar a una persona, entrenarla para un trabajo y esperar a que desarrolle la actividad para la que fue contratada.

Algunas profesiones ya fueron sustituidas o concentradas en actividades asistidas que han multiplicado su productividad, en sus niveles de especialización bajos y medios: traducciones, redacción, diseño de logos, programación, analistas.

No sólo se trata de trabajos meramente intelectuales. También se preparan mecanismos robóticos para reemplazar la inteligencia espacial, primero en el sector de conducción de transportes y después en producción manual a través de robots. La primera de estas aplicaciones, la de conducción, comenzará esta década; el uso de robots humanoides depende de que sean viables ciertas economías de escala y tomará mucho más tiempo.

La naturaleza de estas transformaciones es prácticamente inevitable: los incentivos económicos no están concentrados en un solo grupo industrial o comercial; la disponibilidad de estas tecnologías es masiva y sus retornos suelen ser inmediatos.

El cómo afectará, cuándo y en qué sectores, es altamente pertinente. Acaso el elemento más importante de esta transformación no lo hemos mencionado. El papel de las instituciones del Estado, particularmente en su carácter redistributivo, constituye la principal fuente futura de disparidad entre cómo se perciben y cómo se distribuyen los beneficios de una tecnología altamente disruptiva del mercado.

Esta será una disparidad entre naciones. Aquellos países con mecanismos institucionales eficientes para la provisión de bienes públicos y la redistribución de la riqueza tendrán una mayor capacidad para mantener su estabilidad social. Por el contrario, los países con sistemas fiscales ineficientes, altos costos burocráticos o una incapacidad sistémica de recaudación —como ocurre en naciones con amplios sectores informales— enfrentarán una transición tecnológica mucho más dolorosa y compleja.

Entender la capacidad específica de México (o de cualquier otro país) para afrontar este fenómeno pasa invariablemente por comprender la anatomía de su mercado laboral: sus disparidades de género, los retornos de inversión en educación, la profundidad de su informalidad, las ocupaciones predominantes y la capacidad impositiva real de su gobierno.

En México en Datos estamos trabajando en ello. En entregas siguientes diseccionamos en qué nos ocupamos los mexicanos: la evolución histórica de las profesiones, sus niveles de ingresos, la formalidad y las persistentes brechas de género que definen nuestro mercado laboral.


Entregas de la serie:

  1. Un guiso hecho con 20 años de datos de empleo
  2. ¿Ocupación o empleo? Las cifras del mercado laboral en México
  3. ¿Cuánto vale la educación en México?
  4. Tres brechas de género en México
  5. La inteligencia no humana y el empleo
  6. Cómo medir la transformación que se avecina